miércoles, 13 de noviembre de 2013

El sexo en la vida de Adèle: ¿puro vicio u obra de arte? por Alex P. Lascort

ATENCIÓN SPOILERS.

Morbo, pornografía, exceso. Son palabras con las que operan las críticas más feroces a La vie d’ Adèle. Si observamos bien en ningún caso se está hablando de la película conjunto sino más bien se centra en un parte, las relaciones sexuales de las protagonistas, para atacar el todo. Dejando de lado la cerrazón mental que se demuestra al valorar un film solo por una parte que puede (o no) disgustar, no hay que obviar que no dejan de ser secuencias que pueden, y viendo las críticas, deben ser valoradas cinematográficamente hablando, ni que sea, para reforzar el debate o para desenmascarar otros motivos que van más allá de lo fílmico.


Cuatro son las escenas explícitamente sexuales de la película. Sin embargo debemos empezar no por la primera sino por la escena sexual central. Posiblemente esta sea la que ha generado más polémica por su duración y por lo explícito del sexo filmado. No entraremos en valor aspectos tan poco objetivables como el “realismo” de dicha escena (el sexo entre personas es libre y por tanto no hay comportamientos estándar) sino en su función y en cómo se filma.
Efectivamente, esta escena, el primer encuentro sexual entre Emma y Adèle funciona como clímax y al mismo tiempo como bisagra, como espejo. El factor orgasmo, no solo se refiere a las protagonistas sino que se ciñe también al tempo del film. Estamos ante el punto álgido de una tensión sexual palpable durante todo el metraje hasta ese momento. Por un lado los primeros escarceos sexuales de Adèle, el descubrimiento de su lesbianismo (o al menos bisexualismo), el comprender que está enamorada de una persona de su mismo sexo quedan completados y realizados en esta escena. Es una liberación, una explosión de todas las miradas, gestos, caricias, insinuaciones y también frustraciones pasadas. La escena es más que sexo es una sublimación de los sentimientos, algo que necesita ser filmado, explorado, y detallado al mismo nivel e intensidad que las pulsiones reprimidas anteriormente.

Por otro lado dicha escena toma un efecto espejo, sobre todo si lo comparamos en la manera en que está filmada respecto al único encuentro sexual completo de Adèle al que hemos asistido. El coito con su novio resulta mecánico, frío, incluso como Adèle reconoce, algo fingido. Por ello la cámara es incluso algo vergonzosa, recatada, más cerrada en el rostro casi doliente de Adèle que en el goce de la piel. La duración es breve, y desacompasada y el lenguaje corporal, indica la frialdad y la falta de deseo.


En cambio todo ello muta en el encuentro entre Emma y Adèle. La cámara es explícita, la luz brilla, el recorrido por las pieles respectivas es constante sin renunciar nunca a mostrar el plano gozoso del rostro de Adèle. De esta manera sentimos su sudor, su placer, su intensidad, y porque no decirlo, una cierta violencia emocional de quién se sabe reprimido y que por fin da rienda suelta a sus instintos. No es casualidad pues que haya también una recreación en plano abierto del entrelazamiento de los dos cuerpos femeninos, en reposo, en paz, en completo amor.

El segundo acto sexual del que somos testigos queda recortado en duración por el motivo de que ya conocemos los sentimientos de la pareja, no hace falta explayarse en ellos, pero si recrear metafóricamente a través del sexo que es lo que ha pasado. Así este coito se nos muestra después de que Adèle haya conocido a la familia de Emma. Una situación de cierta angustia que se resuelve favorablemente ante la apertura intelectual y la falta de prejuicios, la buena impresión que causa Adèle y el esfuerzo que hace esta última por agradar a su familia política. Es por ello que sexualmente hablando esta vez la cámara se recrea más en el goce de Emma. No es solo el placer del sexo lo que vemos, es también el gozo, la satisfacción, el orgullo de quién se siente a gusto con la que cree será su pareja para siempre. Por tanto esta también es una escena de liberación pero más incluso se trata de una secuencia de confirmación, de seguridad, de asentamiento.


La última escena explícita se vincula al secretismo. Se nos ofrece anteriormente el reverso del encuentro familiar. En esta ocasión, es Emma quién debe conocer a la familia de Adèle, pero a diferencia del anterior caso, estamos ante un caso de ocultación, de no poder manifestar sus sentimientos ante el miedo a no ser comprendidas. ¿Cómo reflejar esto sexualmente?
El director vuelve a acortar el tiempo, a cerrar el plano, pero no para manifestar vergüenza o fingimiento, sino para poner en relieve la necesidad del silencio de la ocultación. Por ello las manos tapan las bocas, no hay gritos de placer y sí mucha contención. No es que se acabe la pasión, pero si funciona como clausura de una etapa, donde el juego se está acabando y van a tener que empezar los compromisos, los secretos, los miedos y la incomprensión.



Estas son las escenas en que el director Abdellatif Kechiche, concentra casi otra película dentro del film mismo. Es el auge, la cúspide y el inicio de la decadencia. Escenas estas que no tienen nada que ver con la búsqueda del morbo y si de filmar poéticamente, usando un instrumento tan válido como el sexo, el trasfondo entre lo animal y lo espiritual que conforma el sentimiento amoroso. Sí, El sexo en La vie d' Adèle tiene el valor de erigirse como algo físico, palpable y sudoroso pero al mismo tiempo como narrativamente vinculante, necesario. Si no lo creen intenten ver la película y cerrar los ojos ante el sexo. Puede que la disfruten, pero nunca entrará realmente en la epidermis de sus personajes, en su sufrimiento, su pasión, su vida.

Alex P. Lascort

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